El teatrito de los reflectores

Carolina Viggiano y el gobierno de Hidalgo traen un pleito que ya parece de esos donde los protagonistas se dicen de todo frente a las cámaras, pero cuando se encuentran en persona hasta el saludo les sale bonito. En redes sociales vuelan acusaciones, aparecen respuestas, se avientan indirectas y cada quien busca dejar al otro como el malo de la película, pero uno se pregunta: ¿de verdad están tan distanciados como quieren hacernos creer o también hay algo de teatro en esta función?
La denuncia presentada por legisladores e integrantes de Morena ante la Fiscalía General de la República contra la senadora priista por presuntos delitos de enriquecimiento ilícito, operaciones con recursos de procedencia ilícita y simulación fiscal ya puso el asunto en otro nivel; los señalamientos se relacionan con un inmueble en Lomas de Chapultepec y serán las autoridades las que deberán investigar si existen elementos para acreditar alguna irregularidad. Viggiano, por su parte, no tardó en responder y el intercambio siguió por la vía pública, esa donde cada declaración tiene su dosis de mensaje político y cada publicación busca llegar a la mayor cantidad de ojos posible.
Pero aquí viene lo sabroso de la polaca: si las diferencias son tan profundas, ¿por qué cuando estos personajes coinciden en eventos sociales o políticos pueden saludarse como si no pasara absolutamente nada? Claro, la cortesía no significa complicidad y tampoco se puede exigir que dos adversarios se hagan la ley del hielo en cada reunión, pero la distancia entre el pleito que exhiben en redes y la cordialidad que muestran en persona sí deja espacio para la duda. ¿Estamos viendo una confrontación real o una escenificación que también les sirve para mantenerse vigentes? Saque usted sus conclusiones, porque en este negocio nadie suele dar puntada sin hilo.
Y mientras unos protagonizan su propio capítulo de dimes y diretes, en el Congreso local siguen las comparecencias de los integrantes del gabinete estatal por la glosa del informe. Ahí también hay material para la reflexión. Por momentos, pareciera que las preguntas más incómodas no siempre nacen de una preocupación genuina por los resultados, sino de la necesidad de ganar reflectores, construir una imagen y mandar señales rumbo a la siguiente contienda electoral. Algunos diputados aprovechan el micrófono para apretar, cuestionar y exhibir pendientes; otros, en cambio, parecen llegar con el ramo de flores listo para repartir elogios, como si estuvieran en una ceremonia de reconocimientos y no en un ejercicio de rendición de cuentas.
Y ojo, preguntar fuerte no convierte automáticamente a nadie en buen legislador, así como llenar de halagos a un funcionario tampoco demuestra lealtad ni conocimiento. La diferencia está en lo que viene después: ¿hay seguimiento?, ¿se revisan los datos?, ¿se exige que los compromisos se cumplan o todo queda en el video que se sube a las redes para presumir que se hizo el trabajo? Porque la comparecencia no debería ser una pasarela para quienes quieren candidatura ni un día de campo para los funcionarios que acuden a rendir cuentas.
Al final, tanto el pleito entre Viggiano y el gobierno estatal como las comparecencias tienen algo en común: las cámaras están encendidas y todos saben que alguien los está mirando. La pregunta es si la perrada está viendo un auténtico ejercicio de responsabilidad pública o solamente otra temporada de la polaca, con actores que se pelean cuando hay micrófonos y se saludan cuando se apagan.
Porque una cosa es el desacuerdo y otra muy distinta vendernos una bronca como si fuera la pelea del siglo. Y mientras unos se acomodan para la foto y otros buscan su mejor ángulo frente al Congreso, la ciudadanía sigue esperando algo bastante menos espectacular: respuestas, resultados y cuentas claras. Lo demás, como diría la bandita, puede ser puro teatrito… aunque algunos ya estén ensayando para la próxima función.





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