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"El grito que incomodó…"

Foto del escritor: Eder Angeles Hernández
Eder Angeles Hernández
20 sept
4 min de lectura

Hay gritos que duran apenas unos segundos y se los lleva el viento, pero hay otros que, aunque terminan entre fuegos artificiales, música y aplausos, dejan flotando una pregunta bastante más incómoda, ¿qué quiso decir realmente quien decidió lanzar ese grito y, sobre todo, por qué hubo tanta gente dispuesta a escucharlo? Porque en política, ya sabemos, hasta las fiestas patrias pueden convertirse en termómetro, escaparate y, de paso, ensayo general para lo que viene, y el Grito encabezado por Shadia Martínez en una colonia de Mineral de la Reforma tuvo precisamente ese ingrediente que a más de uno le habrá provocado comezón: una concentración multitudinaria que, por momentos, llamó más la atención que la ceremonia institucional del propio municipio.


Y ahí empieza lo interesante, porque una cosa es organizar una celebración popular y otra muy distinta es que alrededor de ella comiencen a aparecer lecturas políticas, fotografías, videos, comparaciones y ese viejo fantasma de la política mexicana que se llama posicionamiento, sobre todo cuando quien encabeza el escenario ya tuvo responsabilidades públicas y su nombre comienza nuevamente a circular cuando todavía falta camino para las próximas definiciones electorales, así que no hace falta ser brujo ni leer las cartas para entender que algunos ya están haciendo cuentas, midiendo aplausos y preguntándose qué tan lejos puede llegar una plaza llena.


Claro, habrá quien diga que solamente fue una celebración, que la gente acudió porque quería divertirse, ver los fuegos artificiales, escuchar música y pasar una noche mexicana, y probablemente tengan razón, porque tampoco cada persona que aparece en una fotografía multitudinaria está pensando en una boleta electoral, pero en política las formas también comunican y cuando una figura con antecedentes públicos concentra reflectores, organiza un evento de esa dimensión y consigue que la conversación posterior gire alrededor de su capacidad de convocatoria, resulta difícil pensar que todo ocurrió por accidente, aunque la intención electoral, si existe, tendrá que demostrarse con hechos y no solamente con escenarios llenos.


Mientras tanto, en el otro lado del municipio aparece otra fotografía, bastante menos festiva y quizá mucho más reveladora, la de algunos integrantes del Cabildo mostrando inconformidad durante los informes municipales, con pancartas, gestos de protesta y hasta cubriéndose la boca, una imagen que contrasta brutalmente con el discurso institucional de unidad, resultados y trabajo coordinado, porque si todos están tan de acuerdo, si todo marcha tan bien y si la maquinaria municipal funciona como reloj suizo, entonces uno se pregunta por qué algunos tienen que recurrir precisamente a esos gestos para hacerse escuchar.


Porque tampoco faltarán los oportunistas de siempre, esos que aparecen cuando el barco empieza a moverse para decir “se los dije”, como si la política fuera una carrera de caballos donde todos hubieran conocido desde la salida quién iba a llegar primero, pero la realidad es mucho más caprichosa, hoy alguien llena una plaza y mañana puede estar explicando por qué ya no la llena, hoy alguien presume músculo político y mañana puede descubrir que el músculo no alcanza para sostener una candidatura, porque, como dice el viejo sentido común, todo lo que sube termina por bajar, y en política esa ley suele cumplirse con una precisión bastante incómoda.


Algunos alcaldes parecen estar comenzando a aterrizar sus ambiciones futuras, otros ya empiezan a mirar hacia el Congreso, algunos más todavía intentan consolidar el gobierno que recibieron, mientras alrededor de todos ellos se mueve una clase política que parece tener más prisa por llegar al siguiente cargo que por terminar de explicar el trabajo que actualmente tiene entre manos, y ahí es donde la ciudadanía debería poner atención, porque los informes, los eventos multitudinarios, las fotografías y los discursos pueden construir una narrativa, pero la realidad cotidiana siempre termina cobrando factura.


Elena Poniatowska ha reflexionado en distintas ocasiones sobre esa relación entre la política y la gente, sobre cómo desde el poder se construyen discursos alrededor de “el pueblo”, pero quizá hoy habría que darle la vuelta a la pregunta, ¿qué ocurre cuando el pueblo deja de ser escenario y comienza a convertirse en juez? Porque una multitud puede servir para una fotografía, un escenario puede servir para proyectar fuerza y un informe puede servir para presumir resultados, pero ninguno de esos elementos sustituye la evaluación que hacen los ciudadanos cuando comparan lo que se prometió con lo que realmente recibieron.


Y entonces viene lo verdaderamente interesante, porque el próximo grito no será necesariamente en septiembre, será cuando llegue el momento de preguntar quién cumplió, quién trabajó, quién se distrajo pensando en la siguiente candidatura y quién confundió una plaza llena con respaldo político, ahí ya no habrá fuegos artificiales que distraigan, ni música para tapar los reclamos, ni discurso suficientemente largo para esconder las contradicciones, ahí cada quien tendrá que responder por lo que hizo y por lo que dejó de hacer, porque en política se puede organizar un gran grito, sí, pero tarde o temprano también llega el momento en que la gente decide si responde… o simplemente cambia de plaza.

 

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